lunes, 22 de abril de 2013

Toledo 2012: La Plaza del Pozo Amargo, su leyenda y un menú con mucha prisa

Hoy toca hablar de Toledo y del viaje que hice allí hace (me da vergüenza decirlo) poco más de un año, en Semana Santa. Me da vergüenza porque he pasado mucho tiempo sin tocar los relatos acerca de esta magnífica ciudad, pero como nunca es tarde... Bueno, si queréis conocer las cosas que he contado anteriormente sobre Toledo, he aquí el índice con todos los capítulos.

***
Acabábamos casi de llegar a la ciudad y era mediodía, por lo que el hambre arreciaba, así que decidimos marchar hacia el centro y buscar un sitio para comer, ya que en la zona donde teníamos el hotel no había absolutamente nada. Estábamos muy cerca de la zona centro del casco antiguo, todo recto a cinco minutos de la catedral, aunque cuesta arriba. Pero bueno, no era la primera vez que me enfrentaba a las empinadas calles de Toledo y sabía a lo que iba. Además, lo cierto es que me gustan mucho, todas empedradas, muy pintorescas y medievales. Claro está, no pude evitar sacar un millón de fotos, pero me las reservo para un capítulo especial recopilatorio que tengo pensado.

En nuestro ascenso nos topamos de forma intencionada con la Plaza del Pozo Amargo y nos detuvimos un momento. Es muy pequeña y puede pasar casi desapercibida, pero la rodea una leyenda que me gustaría compartir, porque si hay algo que no falta en Toledo son leyendas. Pero primero os dejo un mapa de con la ubicación de la plaza, en el que podéis navegar para situaros, pasar a la vista de satélite y todas esas cosas chulis que nos ofrece Google Maps.


Ver Plaza del Pozo Amargo en un mapa más grande

Bien, pues cuenta la leyenda que en la Edad Media y su etapa agitada en la que en Toledo habitaron las culturas musulmana, cristiana y judía, unos jóvenes llamados Raquel y Álvaro se enamoraron, pero era éste un amor prohibido, pues ella era judía y él cristiano. Se conocieron por casualidad y surgió el romance, pero debían verse en secreto y lo hacían siempre junto a este pozo que nos ocupa, a la luz de la luna.

Un mal día, la pareja fue descubierta por un amigo del padre de ella, que no dudó en comunicárselo a éste ipso facto. El padre de Raquel, que tenía por nombre Leví, los acechó esa misma noche y comprobó que era cierta la relación de su hija con un cristiano, por lo que no dudó, preso de la ira, apuñalar al pobre Álvaro en el corazón, poniendo fin a su vida.

Desde entonces, fueron tantas las lágrimas que lloró Raquel junto al pozo, recordando a su amado, que las aguas de éste acabaron por volverse amargas. Al poco tiempo, la joven se suicidó arrojándose al pozo.

Esta es una de las leyendas más populares que se encierran entre las enrevesadas calles de Toledo, pero dejando de lado el elemento fantástico en el que las aguas se vuelven amargas, esta es una escena que se repitió muchísimo en esos tiempos, no sólo en esta ciudad, y que confieren a lugares como esta plaza un halo melancólico y terrible.

Esta placa que aparece en la fotografía se encuentra en la plaza y hay otras muchas distribuidas por Toledo, en los lugares donde se supone que se desarrollan las distintas leyendas que circulan desde hace siglos por la ciudad. Personalmente, me encanta este misticismo toledano.



Y poco más por hoy. Decir que tras esta parada en el camino, llegamos al centro y pudimos comer, aunque nos costó mucho encontrar un restaurante o... algo. Era Viernes Santo, dos de la tarde más o menos, y estaba todo hasta la bandera. Pero al final encontramos hueco en un sencillo restaurante de menús, cerca de la Iglesia de Santo Tomé, que fue nuestra siguiente parada (en el siguiente capítulo). 

Fue un restaurante en el que se aprovechaba todo hueco existente para poner mesas y comensales, de esos donde decir que doblan mesa es quedarse corto, porque no sé la de gente que pasó e iba pasando por allí sin parar. Nos sirvieron súper rápido y en la última cucharada del postre, antes de dejar la cuchara en el plato, ya nos lo habían retirado y traído la cuenta porque había gente esperando la mesa. Y no es mentira ni broma: a Toni le quitaron el plato al vuelo y se quedó con la cuchara en la mano.

La comida estaba buena, pero fue una experiencia bastante agobiante porque además los camareros no nos quitaban ojo para ver si acabábamos. No me gusta comer así ni recibir ese trato donde el cliente es considerado "carne con dinero", pero era lo que había si queríamos comer en esa zona, ese día y a esa hora. Toledo en Semana Santa está hasta los topes, pero si se repite la ocasión ya nos hemos quedado con la copla.

Para despedirme os dejo una foto de uno de los platos que nos metimos entre pecho y espalda: sopa de ajo, o sopa castellana, tan típica esta zona de nuestra geografía y que con el frío que hacía entró que daba gusto.


lunes, 15 de abril de 2013

Valença do Minho (Portugal) 2005 y 2007

Hoy vengo a hablar de Valença do Minho para recordar viejos tiempos, viajes del ayer. Tres son las ocasiones en las que he pisado el vecino Portugal y dos de ellas fueron en Valença do Minho (la otra es Oporto). En Valença estuve en 2005 y 2007 porque es lo primero que te encuentras al pasar la frontera si vas desde Galicia, que así es como lo hice yo. Creo que es la ciudad que está más al norte del país y tiene unos 3.500 habitantes. Es uno de los lugares que se encuentra al paso del Río Miño (de ahí su nombre). Este río es el que sirve de frontera entre España y Portugal, así que si te vas a la parte de la orilla de Valença, la tierra que ves al otro lado es de otro país y viceversa. La primera vez que estuve me dio la sensación, al estar tan cerca de España y llegar tras solo cruzar un puente, que no había cambiado de patria, pero se cambia, se cambia. Se acaba notando en todo: en el idioma, los horarios... ¡Hasta te mandan al poco de llegar el clásico sms al móvil para avisarte de las tarifas telefónicas de Portugal!

En esta fotografía podemos ver España desde Portugal, concretamente el pueblo de Tui, con el Río Miño como frontera
A ver cómo relato más o menos mis dos experiencias en Valença sin liarme. La primera vez estuve porque fui en un viaje organizado a Galicia en agosto de 2005, y en esa ruta suele entrar en el itinerario esta pequeña ciudad portuguesa, por lo tanto es un lugar preparado para el turismo español. Vayas donde vayas, hay cientos de tiendas, de textiles sobretodo, y los propietarios saben hablar castellano o, como mínimo lo chapurrean y, entre eso y lo poco que sabemos algunos de portugués gracias a los envases de cereales y otros productos (¡reconozcámoslo, todos acabamos leyendo la parte portuguesa de los ingredientes!), nos entendimos a la perfección. 

En cuanto a los horarios, allí es una hora menos que en España, aunque parezca raro de asimilar, y eso es algo que tu estómago va a desconocer. El mío había desayunado a las ocho en España y a la una se moría de hambre. Pero allí eran las doce y en todos los restaurantes me decían, acostumbrados a ello, que la cocina aún no estaba abierta. Así que no quedó otra que continuar callejeando para descubrir Valença.

La mayoría de bajos de las casas de Valença son tiendas de este tipo

Y así es como, caminando por esta ciudad, me dí cuenta de que no todo son tiendas de ropa donde los propietarios te invitan a comprar entre una competencia voraz (aunque debo decir que en mi primer viaje compré toallas y sábanas por pura ilusión/fama y, tras casi ocho años y cientos de lavados, están prácticamente como el primerísimo día). Como decía, Valença posee cosas muy interesantes culturalmente hablando y, al verlas, me dio mucha rabia que estuvieran perdidas entre tanto textil, me dio la sensación de que no se les saca partido. A la gente que va allí de excursión organizada desde España la llevan a comprar, y los habitantes de Valença lo saben y eso es lo que explotan. En fin, todos tenemos que comer, pero con las mismas me fui a explorar más allá de las tiendas, pero como el tiempo era limitado, volví una segunda vez, años después y ya por mi cuenta, para explorar todavía más.

Valença do Minho fue fundada en 1217 (aunque antes pasaron romanos y celtas por allí, no fue declarada ciudad hasta esa fecha), y sus edificaciones son en gran parte medievales. Un claro ejemplo es la Iglesia de Santa María de los Ángeles (o Santa Maria dos Anjos en portugués), construida en el siglo XIII:


Las calles son todas adoquinadas, los edificios, plazas y fuentes son medievales.


Pero sin duda, la estrella de la ciudad es su muralla, que se conserva prácticamente intacta. Es todo un espectáculo. Lo que pasa es que me he dado cuenta de que entre todas mis fotos, la que más me gusta es una que hice en mi primera visita, con una cámara (Nikon) de las que aún usaban carrete. Tengo todas las fotos de ese viaje escaneadas, así que es esa la que voy a poner, aunque es posible que entre el carrete y el escaneado haya perdido cierta calidad:


Y para los muy curiosos, tengo una foto que he encontrado aquí, donde se divisa la muralla con la ciudad desde arriba:


Mi segunda visita a Valença fue en octubre de 2007. Fue un viaje familiar en el que estábamos mis padres, mi abuelo y mi prima Miriam. Marchamos desde Alicante hasta Galicia en tren y una vez allí nos movimos parcialmente entre trenes de cercanías y entre un coche que alquiló mi padre para ir a sitios donde el tren no llegaba. La excursión a Valença fue una de las que hicimos en coche y también tengo alguna foto de la muralla que voy a colgar, pero me sigue gustando más la que he puesto arriba.


Puerta de acceso a la zona amurallada de Valença


Y en ambas ocasiones llegó la hora de comer. Bueno, la primera vez no comí allí, nos llevaron al Monte de Santa Tecla a una mariscada para que no decayera la racha de cosas turísticas que hacer en Galicia. No soy muy fan del marisco, de hecho no me gusta nada, pero algo picoteé por no quedar mal. Pero la segunda vez sí que nos quedamos la familia a comer en Valença. Con las cocinas ya abiertas fuimos a comer a un sitio del que no recuerdo para nada lo que me llevé a la boca, solo la sensación de que comí bien. De hecho, cuando estuve en Oporto también quedé muy contenta en ese aspecto, por lo que deduzco, al menos desde mi experiencia personal, que en Portugal se come bien. 

Sin embargo descubrí algo en mi primera visita que me impactó y que en esta segunda ocasión pude probar: el Licor de Merda. El nombre desde luego no invita, porque todos sabemos a lo que suena. Así que le tuve que preguntar al camarero porque casi muero de curiosidad y, como vagamente pude entender, realmente quiere decir "licor de mierda". El camarero me dijo que se creó hace unos cuantos siglos a raíz de una apuesta en la que dos hombres quedaron en crear una bebida espectacular y rara, a ver quien lo hacía mejor. Uno de ellos creó este licor y cuando el otro lo probó, sabiéndose derrotado porque estaba buenísimo, le dijo al otro algo así como que "este licor es licor de mierda", y con ese nombre se quedó. Eso es lo que me dijeron, pero también he leído que se inventó en los años 70 del siglo XX en Cantanhede para rendir homenaje a los políticos portugueses. Aunque la primera historia tiene su gracia, creo que la segunda es más verídica. También se dice que tiene origen monacal. Me pregunto porqué el origen de esta bebida tiene tantas versiones.

Esta bebida acabó haciéndose muy conocida y hoy es un reclamo turístico importante. Por cierto que no lleva mierda en absoluto, por si alguien duda; es un licor a base de leche, vainilla, cítricos y cacao bastante potente, por lo que pude experimentar en mis carnes. No sé ahora mismo la graduación de alcohol que tiene, pero se sube que da gusto.



En noviembre de 2009, Buenafuente y Berto llamaron a Portugal en directo para preguntar por este licor. El vídeo es muy divertido, aunque no sacaron nada en claro:


Llegados a este punto, era hora de ir abandonando esta ciudad y, por lo tanto Portugal, no sin antes comprar el famoso Gallo de Barcelos, cuya leyenda dice así (extracto de Wikipedia):

La leyenda del Gallo de Barcelos cuenta la historia de un peregrino gallego que salía de Barcelos (ciudad portuguesa del distrito de Braga) camino de Santiago de Compostela, y que fue acusado de haber robado la plata a un terrateniente, por lo que fue condenado a la horca. Como última voluntad, pidió ser llevado por última vez ante el juez, que se encontraba comiendo un pollo (un gallo) asado. El peregrino le dijo que, como prueba de su inocencia, el gallo se levantaría y se pondría a cantar. El juez echó el plato para un lado e ignoró las palabras del hombre. Sin embargo, en el preciso momento en que el preso estaba siendo ahorcado, el gallo se levantó y cantó. El juez, habiéndose dado cuenta de su error, corrió hacia la horca y descubrió que el gallego se había salvado gracias a un nudo mal hecho. Según la leyenda, el gallego volvió años más tarde para esculpir el crucero del Señor del Gallo que ahora se encuentra en el Museo Arqueológico de Barcelos.


Y eso es todo. Lo cierto es que las experiencias que he vivido en Portugal han sido positivas, tanto en Valença como en Oporto. Creo que es un país con mucha historia y lugares interesantes y no descarto otras visitas en un futuro, porque me encantaría conocer Lisboa y el Algarve. Si nos remitimos a Valença, está claro que la segunda vez la disfruté más, ya que fuimos a nuestro aire, sin límite de tiempo y explorando al máximo la ciudad. Lo que hay que destacar es que en ambas ocasiones encontré gente muy amable a mi paso. En esta ciudad más que en ningún otro sitio deben serlo, porque viven mucho del turismo que llega desde Galicia, pero ese sentimiento de amabilidad me pareció sincero y me dio buena impresión. Sin duda, Valença es una visita interesante si alguna vez andáis por esa zona.

domingo, 7 de abril de 2013

Castillo de Almansa

Hace unos días decidimos ir a la ciudad de Almansa para visitar su castillo. Habíamos pasado un millón de veces por allí y contemplado la fortaleza desde la carretera, pero nunca habíamos franqueado sus puertas, algo a lo que ya hemos puesto remedio. Almansa está en la provincia de Albacete, a 75 km de la ciudad homónima y a 95 de Alicante, que es desde donde íbamos nosotros. Almansa cuenta con muchos atractivos, tanto dentro de la ciudad como en las afueras, pero nos decantamos por visitar el castillo principalmente. 

HISTORIA

La construcción original corresponde a los almohades. Éstos edificaban utilizando la técnica del tapial, de los cuales se conservan algunos restos primitivos, sobre todo en las partes más cercanas a la roca y restaurados en 2008, siendo esta parte la más antigua. El castillo fue conquistado por Jaime I, pasando posteriormente al Reino de Castilla tras la firma del Tratado de Almizrra entre el rey aragonés y el castellano Alfonso XEn el siglo XIV pasó a manos del infante don Juan Manuel, quien mandó reconstruir algunos de sus elementos y murallas, diferenciándose la mampostería cristiana del siglo XVI del tapial árabe del siglo XIIMás tarde, el castillo volvió a cambiar de manos, pasando a Don Juan Pacheco, Marqués de Villena, que fue quien le dio la morfología actual al monumento, con la construcción de la Torre del Homenaje, las torres semicirculares de las murallas y la barbacana defensiva. A partir del siglo XVI, el castillo entró en un largo proceso de abandono y deterioro por desuso, al perder su funcionalidad como baluarte defensivo de la ciudad. Tal fue el deterioro y devaluación del monumento que en 1919 el alcalde de Almansa denunció el estado ruinoso del castillo y solicitó permiso para su demolición, pero gracias a los informes realizados por la Real Academia de la Historia y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en contra de la petición del Ayuntamiento, el castillo de Almansa no sólo se salvó, sino que además, por Real Orden de febrero de 1921 fue declarado Monumento Histórico-Artístico Nacional.

ACCESO, TARIFAS Y HORARIOS

Se accede desde un caserón de color blanco que hay en la Calle del Castillo nº 18, donde también se realiza la venta de entradas (3 euros normal; 2,50 reducida a día de hoy). El horario es de 10 a 14 por las mañanas y por las tardes de 17 a 19 en otoño y primavera, de 18 a 20 en verano y de 16 a 18 en invierno.


LA VISITA

Tomándolo con calma puede durar más o menos una hora. En el mismo caserón donde se compran las entradas nos proporcionaron un mapa con el itinerario a seguir y los puntos de interés del monumento. De todas formas, es una visita que se realiza por libre, en principio sin guías, pero en la que no hay pérdida porque solo hay un camino para ver todas las instalaciones.

El primer tramo de subida es muy agradable gracias a la extensa vegetación de plantas y árboles autóctonos, que están acompañados por sus nombres para que al visitante no se le escape ni un detalle.


Lo primero que se puede ver tras esta subida son los muros de tapial primigenios, sobre los que está construida el resto de la estructura. Luego se accede al patio de armas, donde se encuentra una pequeña exposición de instrumentos de tortura medievales. Desde este punto se accede a las murallas, por las que se puede caminar aunque con precaución, porque el suelo de piedra está en un estado tirando a difícil e incómodo. El día que fuimos nosotros hacía mucho viento y había que tener el triple de cuidado para evitar una caída terrible. Incluso la chica que nos vendió las estradas nos advirtió que deberíamos ser prudentes con el viento y no acercarnos mucho a los bordes de las murallas, a los huecos existentes entre los merlones.





Desde este punto de las murallas hay unas vistan interesantes de la torre del homenaje:



Desde el patio de armas se puede acceder a la zona palaciega, donde hacían vida los habitantes del castillo, pero se encuentra totalmente derruida, quedando tan solo en pie algunos arcos de las bóvedas. 

Volviendo al patio de armas, se sube por una escalera imposible a la zona desde la que se accede a la torre del homenaje. Me llamaron especialmente la atención unas marcas en la pared del interior de la torre, unas firmas en la planta baja cerca de la bóveda: "Electricista Teodoro, 1920". Imagino que será de alguna instalación eléctrica que se hizo en la fecha.




Desde esta zona se puede subir a lo alto de la torre, que queda al aire libre, por una escalera de caracol estrechísima, con los peldaños mínimos y que carece prácticamente de barandilla. En definitiva, una escalera que no resulta apta para todos los públicos. Y ya desde lo alto de la torre las vistas no tienen fin, tanto de la llanura castellana como de Almansa, que se puede contemplar en su totalidad.


Llegados a este punto, la visita acaba y no queda más que emprender el descenso por el mismo lugar de subida. Se sale del castillo por la misma casa donde se compran las entradas. 

A continuación, ya fuera del castillo, bajamos por unas escalerillas que nos llevaron a la Plaza de Santa María, donde se ubican el Ayuntamiento, sito en el Palacio de los Condes de Cirat, y la Iglesia Arciprestal de la Asunción, que es la que se ve desde lo alto de la torre.


Palacio de los Condes de Cirat/Ayuntamiento

Palacio de los Condes de Cirat/Ayuntamiento. Interior

Ancianos de tertulia en la Plaza de Santa María

CONCLUSIONES

Esta zona de Almansa es muy bonita, o a mi me lo parece. Me encanta este casco antiguo, con el castillo en lo alto, el toque que le da el Palacio de los Condes de Cirat. Además, en Almansa se come muy bien. En esta ocasión volvimos a Alicante a comer porque acabamos la visita muy pronto, pero hace años estuve allí de pasada y recuerdo haberme puesto las botas con sus quesos manchegos. 

Por lo que respecta al castillo sí debo decir que lo esperaba de otra forma. El exterior está muy bien conservado, de hecho es el castillo que se encuentra en mejor estado de toda la provincia de Albacete. Pero el interior deja mucho que desear en algunos puntos, sin ánimo de ofender. La hierba del patio de armas le confiere aspecto de abandono, en la escalera de la torre del homenaje falta una barandilla, hay clavos oxidados difíciles de ver en algunos puntos de apoyo, el suelo de las murallas y otros tramos es muy peligroso y no queda ni rastro de estancia alguna. Hay muchas cosas en las que ha actuado el paso del tiempo y ya no se pueden remediar, pero también nos encontramos otras cuestiones que sí tienen arreglo. Después de esta visita me he quedado con algunos sentimientos encontrados.

Me despido con la siguiente fotografía, tomada ya desde la carretera que nos llevaría de vuelta a casa:


martes, 2 de abril de 2013

Bélgica 2012: Llegamos a Bruselas y descubrimos algunos de sus rincones

Hoy me apetece retomar el blog hablando un poco de Bruselas, una de las ciudades belgas que visité el pasado mes de septiembre. Se puede decir que mis relatos sobre esta aventura casi empiezan aquí, porque lo poco que había publicado sobre ello fue una breve introducción. Podéis acceder a todo lo publicado acerca de este viaje desde su índice.

El 17 de septiembre de 2012 madrugamos con ese gusanillo del viajero porque nos esperaba un nuevo país, una nueva aventura. Nunca dejará de impresionarme el hecho de que una persona pueda despertarse un día en su casa y a las pocas horas encontrarse en un país extranjero, casi como por arte de magia, volando... Maravillas. 

Bruselas nos acogió desde su Aeropuerto Internacional, también conocido como Zaventem, tras un vuelo más que turbulento de Iberia. Un cielo más bien gris nos vio descender desde las alturas y pisamos suelo belga poco después de la hora de comer. Nuestro primer paso fue dar señales de vida en el hotel y dejar allí las maletas para en seguida lanzarnos a descubrir la capital de ese pequeño país. 

Lo primero que vimos, por estar pegada al hotel, fue la iglesia Sainte Catherine, o Sint-Katelijneplein, una construcción que parece mentira que haya sido levantada a mediados del siglo XIX porque se encuentra verdaderamente deteriorada para ser tan relativamente "nueva". Nunca llegamos a entrar, la vimos siempre de paso por fuera, impresionados en cada ocasión por su fachada ennegrecida y descuidada, que contiene elementos inspirados en los estilos normando, gótico y renacentista.


Nuestro siguiente objetivo era la catedral de los Santos Miguel y Gúdula, la principal catedral de Bruselas, pero nos pillaban de camino las Galerías St. Hubert, así que nos detuvimos a contemplarlas un ratito, sin adivinar todavía que todos los días que pasamos en Bruselas andaríamos por allí por casualidad o simplemente como atajo.

Les Galeries Royales Saint-Hubert, construidas hacia 1847, fueron las primeras galerías comerciales de Europa. Se trata de una calle de unos doscientos metros de longitud cubierta por una cúpula de cristal. Allí se hallan las tiendas más exclusivas y gourmets de Bruselas: chocolaterías, champanerías, joyerías, moda, encajes, restaurantes... Se palpa el lujo en todos y cada uno de sus escaparates, cuidados al máximo, así como en su decoración, estilo y acabados. Sobra decir que nosotros no compramos nada allí.




Uno de los escaparates que más nos llamó la atención por raro es el que sigue, que mezclaba navajas y cuchillos con figuritas de Disney. ¿Alguien me lo puede explicar?


Las Galerías St. Hubert están atravesadas a medio camino por la Rue des Bouchers o, como nosotros acabamos llamándola, calle de los mejillones. Y es que está plagada de restaurantes que ofrecen los platos más típicos de Bélgica, que son, entre otros, los mejillones con patatas fritas. Es una de esas calles agobiantes donde los camareros ven que eres turista y se te abalanzan para que comas allí, cosa que odio profundamente. Entiendo que hay mucha competencia y que todos quieren ganar dinero, pues viven de ello, pero son tan pesados que a mi personalmente me echan para atrás. 

Además, tengo comprobado que para comer realmente bien, lo mejor que hay que hacer es huir del típico local enfocado a turistas, porque normalmente los precios son desorbitados y no se corresponden del todo con la calidad que se espera al pagarlos. Y no sé si es cosa mía, pero creo que en este tipo de establecimientos no se cuida al cliente. Eres un turista y probablemente no vas a volver, así que no les importa tratarte mejor o peor, sólo quieren que comas allí rápidamente, que les pagues y que ellos puedan doblar mesa. No me gusta generalizar, pero es lo que suele ocurrir. De todas formas, nos fuimos de Bélgica sin probar los dichosos mejillones porque no somos muy fans de ellos, la verdad.


Dejando atrás la Rue des Bouchers, continuamos bajando por las Galerías St. Hubert, hasta llegar a su salida sur, que desemboca en la Grasmarkt, una plaza llena de continua actividad, con numerosas cafeterías y chocolaterías de las que tienen terraza. También se encuentran en ese lugar algunas tiendecillas de souvenirs a buen precio, por si sois de los que os gusta comprar un recuerdo. En nuestro caso solo compramos imanes para la nevera y marcapáginas, que los colecciono y me gustan mucho los turísticos. 


Anduvimos entonces dirección este y desembocamos en otra plaza, la de España. En su centro, una figura del Quijote y Sancho que diría que es igual a la que hay en la plaza homónima de Madrid, aunque un poco más pequeña la bruselense. Desde ese lugar divisamos por primera vez la torre del Ayuntamiento, erigido en la Grand Place, pero nos estábamos reservando ese guinda para un poco más tarde. Bueno, eso y que nos dirigíamos hacia la catedral, que estaba a punto de cerrar. Habíamos dado un rodeo al pasar por las Galerías St. Hubert, pero no lo pudimos evitar.


Pese a desviarnos un poco de nuestro camino, nos dio tiempo a ver la catedral por dentro. Pero empecemos por el exterior, que recuerda mucho a Notre Dame de París si se mira de pasada. Comparten estilo, el gótico, pero la de los Santos Miguel y Gúdula de Bruselas es un poquito más nueva, pues se concluyó en el año 1500.



Lo más destacable del interior de esta catedral son sus vidrieras y su púlpito, una obra maestra del barroco construido por completo en madera tallada. La foto no le hace justicia.





No soy creyente, pero la historia y el arte van muy ligados a la religión y por ello me gusta visitar este tipo de edificaciones, porque a pesar de todo, las iglesias y catedrales marcan la historia de sus ciudades y pueblos, que crecieron en su mayoría alrededor de ellas. Aparte de eso, no hay que olvidarse del gran trabajo artesanal que esconde cada piedra en su mínimo detalle y de todo lo que han visto con el paso de los siglos, custodias del correr del tiempo, inamovibles en su esplendor. Solo por eso, catedrales e iglesias merecen ya todo mi respeto y admiración, independientemente de cual sea su fin. La catedral de Bruselas es bastante espectacular, muy luminosa, muy limpia y llena de un arte muy cuidado en todos y cada uno de sus rincones.

Voy a ir acabando este relato, aunque nuestro día no acabó aquí, ni mucho menos. Tras visitar la catedral nos dirigimos a la Estación Central de Bruselas, ya que se encuentra muy cerca. Fuimos a familiarizarnos un poco con la situación de las taquillas y los andenes, porque en los próximos días íbamos a desplazarnos por el país en tren y no queríamos que nos pillara todo por sorpresa. Tras tomar un primer contacto con la estación, nos desplazamos hacia la joya de la corona: la Gran Place. Pero creo que se merece un capítulo para ella sola; es uno de los lugares más bonitos que se puedan contemplar, de esos que te atrapan y que cada vez que los miras descubres algo nuevo. Además de eso, aún nos faltan algunos rincones de Bruselas por descubrir en próximos capítulos. Tened paciencia, pues aún queda mucho de que hablar.
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