martes, 2 de abril de 2013

Bélgica 2012: Llegamos a Bruselas y descubrimos algunos de sus rincones

Hoy me apetece retomar el blog hablando un poco de Bruselas, una de las ciudades belgas que visité el pasado mes de septiembre. Se puede decir que mis relatos sobre esta aventura casi empiezan aquí, porque lo poco que había publicado sobre ello fue una breve introducción. Podéis acceder a todo lo publicado acerca de este viaje desde su índice.

El 17 de septiembre de 2012 madrugamos con ese gusanillo del viajero porque nos esperaba un nuevo país, una nueva aventura. Nunca dejará de impresionarme el hecho de que una persona pueda despertarse un día en su casa y a las pocas horas encontrarse en un país extranjero, casi como por arte de magia, volando... Maravillas. 

Bruselas nos acogió desde su Aeropuerto Internacional, también conocido como Zaventem, tras un vuelo más que turbulento de Iberia. Un cielo más bien gris nos vio descender desde las alturas y pisamos suelo belga poco después de la hora de comer. Nuestro primer paso fue dar señales de vida en el hotel y dejar allí las maletas para en seguida lanzarnos a descubrir la capital de ese pequeño país. 

Lo primero que vimos, por estar pegada al hotel, fue la iglesia Sainte Catherine, o Sint-Katelijneplein, una construcción que parece mentira que haya sido levantada a mediados del siglo XIX porque se encuentra verdaderamente deteriorada para ser tan relativamente "nueva". Nunca llegamos a entrar, la vimos siempre de paso por fuera, impresionados en cada ocasión por su fachada ennegrecida y descuidada, que contiene elementos inspirados en los estilos normando, gótico y renacentista.


Nuestro siguiente objetivo era la catedral de los Santos Miguel y Gúdula, la principal catedral de Bruselas, pero nos pillaban de camino las Galerías St. Hubert, así que nos detuvimos a contemplarlas un ratito, sin adivinar todavía que todos los días que pasamos en Bruselas andaríamos por allí por casualidad o simplemente como atajo.

Les Galeries Royales Saint-Hubert, construidas hacia 1847, fueron las primeras galerías comerciales de Europa. Se trata de una calle de unos doscientos metros de longitud cubierta por una cúpula de cristal. Allí se hallan las tiendas más exclusivas y gourmets de Bruselas: chocolaterías, champanerías, joyerías, moda, encajes, restaurantes... Se palpa el lujo en todos y cada uno de sus escaparates, cuidados al máximo, así como en su decoración, estilo y acabados. Sobra decir que nosotros no compramos nada allí.




Uno de los escaparates que más nos llamó la atención por raro es el que sigue, que mezclaba navajas y cuchillos con figuritas de Disney. ¿Alguien me lo puede explicar?


Las Galerías St. Hubert están atravesadas a medio camino por la Rue des Bouchers o, como nosotros acabamos llamándola, calle de los mejillones. Y es que está plagada de restaurantes que ofrecen los platos más típicos de Bélgica, que son, entre otros, los mejillones con patatas fritas. Es una de esas calles agobiantes donde los camareros ven que eres turista y se te abalanzan para que comas allí, cosa que odio profundamente. Entiendo que hay mucha competencia y que todos quieren ganar dinero, pues viven de ello, pero son tan pesados que a mi personalmente me echan para atrás. 

Además, tengo comprobado que para comer realmente bien, lo mejor que hay que hacer es huir del típico local enfocado a turistas, porque normalmente los precios son desorbitados y no se corresponden del todo con la calidad que se espera al pagarlos. Y no sé si es cosa mía, pero creo que en este tipo de establecimientos no se cuida al cliente. Eres un turista y probablemente no vas a volver, así que no les importa tratarte mejor o peor, sólo quieren que comas allí rápidamente, que les pagues y que ellos puedan doblar mesa. No me gusta generalizar, pero es lo que suele ocurrir. De todas formas, nos fuimos de Bélgica sin probar los dichosos mejillones porque no somos muy fans de ellos, la verdad.


Dejando atrás la Rue des Bouchers, continuamos bajando por las Galerías St. Hubert, hasta llegar a su salida sur, que desemboca en la Grasmarkt, una plaza llena de continua actividad, con numerosas cafeterías y chocolaterías de las que tienen terraza. También se encuentran en ese lugar algunas tiendecillas de souvenirs a buen precio, por si sois de los que os gusta comprar un recuerdo. En nuestro caso solo compramos imanes para la nevera y marcapáginas, que los colecciono y me gustan mucho los turísticos. 


Anduvimos entonces dirección este y desembocamos en otra plaza, la de España. En su centro, una figura del Quijote y Sancho que diría que es igual a la que hay en la plaza homónima de Madrid, aunque un poco más pequeña la bruselense. Desde ese lugar divisamos por primera vez la torre del Ayuntamiento, erigido en la Grand Place, pero nos estábamos reservando ese guinda para un poco más tarde. Bueno, eso y que nos dirigíamos hacia la catedral, que estaba a punto de cerrar. Habíamos dado un rodeo al pasar por las Galerías St. Hubert, pero no lo pudimos evitar.


Pese a desviarnos un poco de nuestro camino, nos dio tiempo a ver la catedral por dentro. Pero empecemos por el exterior, que recuerda mucho a Notre Dame de París si se mira de pasada. Comparten estilo, el gótico, pero la de los Santos Miguel y Gúdula de Bruselas es un poquito más nueva, pues se concluyó en el año 1500.



Lo más destacable del interior de esta catedral son sus vidrieras y su púlpito, una obra maestra del barroco construido por completo en madera tallada. La foto no le hace justicia.





No soy creyente, pero la historia y el arte van muy ligados a la religión y por ello me gusta visitar este tipo de edificaciones, porque a pesar de todo, las iglesias y catedrales marcan la historia de sus ciudades y pueblos, que crecieron en su mayoría alrededor de ellas. Aparte de eso, no hay que olvidarse del gran trabajo artesanal que esconde cada piedra en su mínimo detalle y de todo lo que han visto con el paso de los siglos, custodias del correr del tiempo, inamovibles en su esplendor. Solo por eso, catedrales e iglesias merecen ya todo mi respeto y admiración, independientemente de cual sea su fin. La catedral de Bruselas es bastante espectacular, muy luminosa, muy limpia y llena de un arte muy cuidado en todos y cada uno de sus rincones.

Voy a ir acabando este relato, aunque nuestro día no acabó aquí, ni mucho menos. Tras visitar la catedral nos dirigimos a la Estación Central de Bruselas, ya que se encuentra muy cerca. Fuimos a familiarizarnos un poco con la situación de las taquillas y los andenes, porque en los próximos días íbamos a desplazarnos por el país en tren y no queríamos que nos pillara todo por sorpresa. Tras tomar un primer contacto con la estación, nos desplazamos hacia la joya de la corona: la Gran Place. Pero creo que se merece un capítulo para ella sola; es uno de los lugares más bonitos que se puedan contemplar, de esos que te atrapan y que cada vez que los miras descubres algo nuevo. Además de eso, aún nos faltan algunos rincones de Bruselas por descubrir en próximos capítulos. Tened paciencia, pues aún queda mucho de que hablar.

4 comentarios:

  1. Pues me ha hecho mucha gracia lo de las navajas con figuritas Disney, jejeje
    Además, me ha sorprendido también lo de la primera iglesia. No sabía que era tan reciente.
    Yo estuve hace unos años en Bruselas y fue una ciudad que me sorprendió mucho (para bien)
    Un saludo ;)

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    Respuestas
    1. Jejeje, su porqué tendrá lo de las navajitas, pero de momento nos quedamos con la intriga.

      Yo tampoco sabía que esa iglesia era tan reciente. Por el estilo y el deterioro piensas que tiene quinientos años, pero al volver busqué datos sobre ella y mira. Fue una sorpresa ver su fecha de construcción.

      Yo de Bruselas me llevé sentimientos encontrados. Ya lo iré relatando todo, pero en principio la ciudad que más me gustó de Bélgica fue Brujas.

      ¡Saludos!

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  2. Es una lástima que no pudiera haber estado más tiempo en esa ciudad. Solo anduve una mañana y lo vi todo de pasada.

    Pienso exactamente lo mismo que tu. Las iglesias hay que visitarlas si o si... pese a no ser religioso. Antiguamente el arte estaba en ellas y gracias a eso, también hoy podemos disfrutarlo, aunque realmente me fastidia cuando en algunas hay que pagar para entrar...

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  3. Ya tienes una excusa para volver. A mi también me faltaron cosas, por ejemplo no nos dio tiempo a ir a la zona nueva para ver el parlamento aunque hubiese sido por fuera. No tengo fe en la política europea, pero es un edificio histórico. Y bueno, tantas otras cosas que hay que omitir porque es imposible verlo todo de una ciudad en un solo viaje de uno, dos o tres días.

    Lo de pagar en las iglesias a mi también me fastidia un poco. En una que no me supo mal pagar, aunque fue cara, fue en la Abadía de Westminster de Londres. La entrada eran unas 11 libras, creo, pero es que ese templo no acepta ayudas del gobierno, de la monarquía inglesa ni de nada. Basa su mantenimiento en el precio de las entradas y en donaciones anónimas de ciudadanos de a pie. Sin embargo, otras iglesias sí reciben subvenciones estatales y además cobran una entrada. Eso es lo que me molesta. Luego hay otras que aceptan una voluntad o se conforman con el dinero que recaudan de las velas. Eso me parece más razonable porque no impide que nadie entre a la iglesia y decida si quiere o no quiere colaborar con alguna cifra simbólica. En fin, es un tema interesante.

    ¡Gracias por tu comentario!

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