miércoles, 16 de mayo de 2012

En coche por Galicia 2011 - Capítulo 15: Segovia (1ª Parte)

DÍA 8 - LUNES 26 DE SEPTIEMBRE DE 2011

Aquel lunes madrugamos para dejar detrás de nosotros la ciudad de Pontevedra, Galicia, el viaje y las esperadas vacaciones. Volvíamos sobre nuestros pasos a Alicante, a casa. Pero, al igual que a la ida, a la vuelta también hicimos una parada a medio camino para pasar la noche y explorar una maravillosa ciudad: Segovia.

El trayecto fue tranquilo, así como la entrada a la ciudad. No tuvimos pérdida porque nuestro hotel era el Acueducto y no hace falta que explique dónde se encuentra. Además, esa era la segunda vez en Segovia para ambos, aunque la primera juntos. El hotel es de tres estrellas y es bastante sencillo, pero las camas son de lo mejor que he probado; dormí como una bendita. Pero sin duda, lo mejor de este alojamiento fueron las vistas. Las habitaciones de la cuarta y quinta planta tienen terrazas privadas que dan al Acueducto. A nosotros nos dieron una en la cuarta planta, así que esto es lo que veíamos cada vez que nos asomábamos:


Serían sobre las dos de la tarde cuando llegamos a Segovia, así que empezábamos a estar hambrientos y, después de hacer el ingreso en el hotel, buscamos un sitio donde comer. Fue al lado del Acueducto, un sencillo menú para reponer fuerzas. Con las panzas llenas, empezamos nuestro recorrido por la ciudad. Obviamente, lo primero que nos paramos a ver a todo detalle fue el Acueducto, un monumento que siempre me ha impresionado y creo que nunca dejará de hacerlo.

El Acueducto de Segovia fue construido por los romanos en los siglos I-II para llevar el agua del río Acebeda a la ciudad. Comienza de forma subterránea para ir elevándose poco a poco hasta llegar al Alcázar. Su longitud es de casi 20 kilómetros y, como decía, resulta bastante impresionante por su magnitud y su perfecto estado de conservación. Por supuesto, ha sido restaurado, pero respeta la forma de construcción con la que fue concebido: piedras de granito colocadas en seco mediante un equilibrio de fuerzas. Esa es la razón que lo hace único, el haber resistido dos milenios en pie sin dejarse prácticamente nada por el camino con el transcurrir del tiempo, a pesar de no haberse empleado ningún tipo de argamasa o cemento para consolidar y unir sus componentes.



Este monumento siempre ha estado rodeado de leyendas, como aquella que cuenta que lo construyó el Diablo por una apuesta con una joven sirvienta que estaba cansada de acarrear el agua día tras día. El Diablo le apostó que construiría el acueducto antes de que cantara el gallo de la mañana y, así, el alma de la joven sería suya, porque ella decía que no le daría tiempo. Efectivamente, el Diablo no pudo concluir la obra antes del amanecer, por lo que la joven se quedó con su alma sana y salva y la ciudad de Segovia abastecida en cuanto a agua se refiere. Esa leyenda es la más conocida y recuerdo haberla oído de pequeña y quedar tan impresionada que mi “sueño de la vida” fue durante mucho tiempo visitar este monumento. Cuando lo logré visitar por primera vez, mucho tiempo después, todavía recordaba esa leyenda que tanto me cautivó y no podía dejar de imaginarme la escena, con un Diablo gigantesco poniendo piedra sobre piedra. En mi mente se parece mucho al aspecto de Jafar cuando se convierte en genio en la película de Disney Aladdín.



Bueno, pues subimos a la parte alta del Acueducto para obsequiarnos con las vistas de éste y de Segovia bajo nuestros pies y continuar con la visita a la ciudad.



La primera parada la hicimos en la catedral, que nos limitamos a ver por fuera porque el precio de entrada era un tanto elevado para el presupuesto que nos iba quedando. Queríamos visitar el Alcázar y aún nos faltaba cenar, desayunar y la gasolina y los peajes hasta Alicante, así que eso mismo, la vimos por fuera. Por dentro no sé como será, pero el exterior, sobre todo la parte de la girola, es impresionante.




Seguimos nuestro camino hacia el Alcázar, pero la vista a este lugar creo que la voy a dejar para otro capítulo porque sino esto se me alarga mucho. De todas formas hoy voy a acabar con una fotografía que capté en los exteriores de una tienda de souvenirs, pero no una tienda al uso llena de horteradas varias, sino una que vendía recuerdos de Segovia algo más artesanos. Ese tipo de tiendas sí que me gustan porque el turista se puede llevar algo de recuerdo sin caer en el mal gusto, o simplemente mirar y ver cosas diferentes más allá de la clásica postal, el mechero o la camiseta que acabará sirviendo para ir por casa o pintar las paredes. De todas formas, yo tengo la sana obsesión de llevarme un imán de todos los sitios donde pongo el pie, pero nada más. Aparte de eso, el único souvenir que me llevo de mis viajes son las fotos y la experiencia. Bueno, la fotografía en cuestión:


Y lo dicho, creía que este iba a ser el último capítulo de la crónica, pero prefiero parar aquí y hacer otro para acabar con lo que me falta de Segovia, el viaje de vuelta, alguna conclusión general...

jueves, 3 de mayo de 2012

En coche por Galicia 2011 - Capítulo 14: Combarro

DÍA 7 - DOMINGO 25 DE SEPTIEMBRE DE 2011

Y llegó el último día (y noche) que pasaríamos en tierras gallegas. Decidimos hacer una excursión cercana, al pueblo de Combarro, y pasar la tarde de forma tranquila, haciendo las maletas y disfrutando de nuestras últimas horas en Pontevedra.

Combarro es una localidad que se encuentra a 7 kilómetros de Pontevedra y es una auténtica joya. Las tres veces que he estado en Galicia he pasado por allí, pero en este viaje ha sido cuando lo he visto todo con más tranquilidad, recorriendo sus interminables callejuelas sin prisas. Lo más interesante de Combarro es, sin duda, su zona antigua, con cientos de hórreos y cruceiros, todos alineados mirando al mar. Bueno, mirando y a ras de mar (por ello han sido saqueados en numerosas ocasiones por piratas y vándalos en barco). Nosotros lo vimos con la marea baja y ya es bonito, pero con marea alta debe ser una pasada.

El hórreo es una construcción destinada a guardar los alimentos y cosechas para preservarlos de humedades y animales, especialmente roedores. Estos animalillos pueden subir por las paredes, pero siempre en línea recta y el hórreo, levantado sobre pilares, cuenta entre éstos y la despensa con unos pequeños tambores, lo que interrumpe el recorrido de ratas y ratones. Parece increíble cómo algo tan simple puede ser tan eficaz. En la zona atlántica son muy comunes, pero también se utilizan en Escandinavia, África, Persia o Japón. En persona sólo conozco los gallegos y puedo asegurar que hay algunos muy, muy bonitos.

Pero vamos con unas fotografías de Combarro:













Y creo que después de esta cantidad de fotografías sobran las palabras; salta a la vista que Combarro es visita obligada si se pasa por tierras gallegas.

Pasamos prácticamente toda la mañana de ese domingo en Combarro, volvimos a comer a Pontevedra y por la tarde preparamos la maleta y salimos a dar un tranquilo paseo para despedirnos de la ciudad. Al día siguiente, bien temprano, abandonaríamos poco a poco la querida y añorada Galicia. Las vacaciones y el viaje iban llegando a su fin, pero aún nos quedaba una última parada a medio camino antes de regresar definitivamente a Alicante: Segovia. Pero eso lo narraré en el próximo capítulo, que puede que sea el último de esta crónica.
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