lunes, 10 de septiembre de 2012

Toledo 2012 - Llegada y paseo por la orilla del Río Tajo

DÍA 1 - 6 DE ABRIL DE 2012

Era un frío día de Viernes Santo. Salimos de casa bien temprano para poder llegar a buena hora a Toledo y aprovechar la jornada. Un frugal desayuno, una parada a medio camino para dar buena cuenta de unos sándwiches que habíamos preparado y un zumo, y casi sin darnos cuenta ya estábamos en Toledo. Fue un trayecto más rápido de lo que esperábamos, algo que resultó ser de agradecer. El día estaba nublado y la ciudad nos dio la bienvenida entre los tonos grises del cielo y los marrones de sus edificios y calles empedradas, con ese aire tan medieval que destilan. Las vistas de Toledo mientras localizábamos el hotel, bordeando el casco antiguo por el río y con el Alcázar dominando todo desde lo alto, nos dejaron boquiabiertos. Una preciosidad, una de esas imágenes que se quedan en la retina para siempre. En mi anterior visita a la ciudad fui en tren desde Madrid y luego cogí un autobús de línea que me dejó en la Plaza de Zocodover, por lo que esas vistas se me escaparon. Pero he aquí un ejemplo de que siempre hay formas diferentes de conocer un mismo lugar, de hacer esa primera toma de contacto, y que todas pueden ser especiales.

El hotel, El Diamantista, sobre el cual ya hablé en mi anterior entrada, nos resultó muy fácil de localizar. Para ser Viernes Santo y estar dentro del casco antiguo, no tuvimos ningún problema para aparcar. De hecho, quizá esto sea lo mejor de este alojamiento. Cuando llegamos todavía no estaba lista la habitación, así que para hacer tiempo decidimos dar un paseo por la orilla del río Tajo, ya que estaba justo al lado. No queríamos adentrarnos en la ciudad sin haber hecho el check-in y era buena hora. Como dos valientes nos enfrentamos a los 3 grados de temperatura del exterior. Mientras paseábamos, llamamos a nuestros respectivos progenitores para decir que habíamos llegado sanos y salvos y mi madre me dijo que en Alicante estaban a 18 grados. ¡Menuda diferencia! Pero yo prefiero el frío, que conste.

El paseo por la orilla del río nos resultó muy agradable, a pesar del frío. Está muy bien montado, con unos senderos y parques habilitados para disfrutar de la naturaleza de forma tranquila.






El silencio de la naturaleza, solo roto por el lento fluir del río, resultó ser muy relajante. Pero no podíamos dormirnos en los laureles y, aunque nos hubiéramos quedado más rato por la orilla del río Tajo, debíamos volver al hotel, hacer el check-in y buscar un sitio para comer, ya que pronto nuestros estómagos también romperían el silencio.

Continuará...

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